Sin abejas no hay macedonia

Natura
Es va publicar el divendres, 01 agost 2014
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Nuestros cultivos, especialmente el de fruta, dependen en gran medida de la existencia de polinizadores. Obtenemos 50.600 millones de euros al año en fruta gracias a ellos. Pero los polinizadores no sólo están desapareciendo de nuestros campos, sino que están dejando de trabajar adecuadamente debido, entre otras causas, a la utilización de insecticidas.

Las abejas y otros polinizadores llevan a cabo una función esencial para la vida transportando con eficacia el polen de una flor a otra. Con sus idas y venidas prestan un servicio clave para el ecosistema, ya que un 90% de la flora silvestre necesita esas “visitas” para reproducirse. Pero... ¡Nosotros también dependemos de tan formidable tarea! Una cuarta parte de la producción de nuestros campos depende de estos pequeños-grandes aliados.

 

 

Un cultivo especialmente sensible a este servicio es el de los árboles frutales. No sólo la cantidad, sino también la calidad de la fruta están sujetas en gran medida a la visita de los polinizadores. Se calcula que el valor económico de la acción de estos trabajadores incansables y sin salario es de unos 50.600 millones de euros anuales para los cultivos de fruta y un total de 153.000 millones de euros al año para toda la producción agrícola. Además, se cree que la polinización también repercute en los valores nutricionales de los cultivos, un aspecto que determina la calidad de la dieta de las personas.

¿Qué pasaría si perdiéramos a los polinizadores?

Sin polinizadores, una cuarta parte de los cultivos producirían menor cantidad de alimento, por lo que, para compensar, éstos tendrían que ser polinizados por otros medios (manualmente o subministrando de manera intencionada más abejas a los campos) o se debería aumentar la superficie cultivada.

La disminución de las poblaciones de estos animales repercutiría enormemente en la economía global, lo que finalmente se traduciría en una subida de los precios de los alimentos provenientes de cultivos que precisan de polinización, como la fruta, la verdura o los aceites comestibles.

Este hecho aparentemente ficticio está cada vez más cerca de hacerse realidad debido a muchos factores, como por ejemplo la intensificación agrícola del modelo económico actual, que ha provocado la pérdida de hábitats naturales, una mayor incidencia de parásitos y un uso masivo de insecticidas.

Insecticidas, la gran amenaza contra polinizadores

Los insecticidas son una clase particular de plaguicidas diseñados específicamente para matar plagas de insectos. Matan o repelen en dosis altas (letales), pero también pueden tener efectos no intencionados (subletales) en dosis bajas. Estos se pueden dar sobre insectos que no son su objetivo, como los polinizadores, pudiendo afectar a varios aspectos de su desarrollo, crecimiento y reproducción.

Es algo parecido a lo que les puede ocurrir a los campesinos tradicionales que durante toda su vida han estado utilizando  pesticidas en los cultivos. El hecho de estar en contacto continuamente con estos productos químicos, aunque fueran dosis bajas, ha podido ser la causa de infertilidad o cáncer. No mueren al momento o a corto plazo, pero enferman.

De hecho, tanto científicos como agricultores llevan décadas alertando del declive de las abejas, y de que estos “efectos secundarios” de los insecticidas son tan preocupantes como la muerte directa. Los expertos destacan que la exposición a insecticidas en dosis bajas está alterando el comportamiento de éstos valiosos seres en todo el mundo: disfunciones en el control neurológico, dificultad para adquirir memoria sensorial -con lo que dejan de reconocer el color, el olor o la forma de las flores-, dificultad para realizar el pecoreo -una danza que utilizan las abejas para comunicarse, cuyos movimientos indican a las demás obreras dónde se encuentran las mejores flores- e incluso dificultad para realizar los movimientos que utilizan como “contraseña” para entrar en la colmena. Además se pueden producir alteraciones en la fecundidad, longevidad y malformaciones anatómicas.

Por todo esto, recuerde: la próxima vez que una abeja zumbe a su alrededor, muéstrele agradecimiento por la valiosa labor que realiza, sabiendo que saborear una simple macedonia puede llegar a ser un lujo en un futuro no muy lejano.

Aquest article divulgatiu és obra de Marina Biel, Maria Gol, Pau Guzmán, Álex López, Adriana Marín y Sara Gascón (tots ells són estudiants de Biologia Ambiental)

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